Una línea. Dos líneas. Tres líneas sobre la mesa. Tiro mi cabeza hacia atrás con fuerza luego de la última inhalación, mientras el polvo blanco se adentra en mi cuerpo. Otra tableta de ansiolíticos mezclados con vodka. Un trago. Dos tragos. Tres tragos. Ya me cuesta respirar. Mis amigos sacan más paquetes con más pastillas, cigarros y algunas navajas. ¿Amigos? No sé a estas alturas si lo son. Tampoco me preocupa. Al menos me siento acompañada. Estamos todos en la misma. Estamos todos en el mismo hoyo y eso me hace sentir un poco mejor. A veces me pregunto porqué hago esto. A veces creo que inconscientemente me busco problemas para recibir un poquito de atención.
Salgo afuera. El humo del cigarro me pone peor. Mi mente comienza a nublarse. Las voces se reproducen y se oyen cada vez mas lejanas y nítidas. Soy incapaz de comprender lo que ocurre en mi entorno. Siento todo el peso sobre mis piernas débiles. Estoy a punto de desarmarme. Siento la respiración entrecortada, un sudor frío que recorre mi columna vertebral y me hace estremecer. Siento como todo empieza a desaparecer, empiezo a ser inconsciente de lo que hago, de lo que digo, de lo que pienso. Espero ya el golpe seco al concreto, y levantarme inconsciente, entreviendo todo sobre gasas grises que me impiden seguir a no sé donde, de hecho, y llegar no sé cuándo, ni mucho menos cómo.
Cierro los ojos. Es el único movimiento al que mi cuerpo responde en estos momentos. Me digo a mi misma que es una hermosa noche para dejarme ir. Mi cuerpo vuelve a responderme.
Dejarse llevar suena demasiado bien. Jugar al azar, nunca saber dónde puedes terminar o empezar.
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