martes, 26 de agosto de 2014

Escena perdida.

Ella era simple, sensata, firme, decidida, inocente. Él era despistado, inteligente, introvertido, callado.
Ella sabía a dónde quería ir, hasta dónde podía llegar. Él se dejaba llevar por la corriente.
Ella tenía los ojos siempre abiertos, siempre atentos a todo lo que se le pudiera acercar. Él tenía la mirada perdida, le importaba muy poco lo que estaba fuera de su mundo.
Ella tenía escudos, secretos, heridas que no quería que nadie viera detrás de su enorme sonrisa. Él tenía muros inalcanzables, barreras de hierro macizo que nadie podría escalar o derrumbar.
Ella amaba la música, amaba leer, amaba sentirse libre. Él era un poeta oculto, siempre temiendo no ser lo suficientemente bueno para nada.
Ella decía que no le importaba el amor, que era una estupidez, un juego de niños, algo que no existía y que los cuentos sólo hablaban de eso para hacerlo algo comercial. Pero ella quería ser amada y que dejaran de romperle el corazón.
Él decía que el amor era para idiotas, que no servía para nada más que para gastar plata y aguantar histerismos de minas que se creen saberlas todas. Pero él quería ser amado y que dejaran de romperle el corazón.

Ambos luchaban día a día por sobrevivir, ambos tenían heridas punzantes, ambos tenían miedo de lo que la vida les podría traer para tirarlos al abismo, ambos callaban lo que pensaban por temor al qué dirán, por temor a que su voz no sea escuchada. 
Ninguno de los dos sabía de la existencia del otro. Un día, el destino quiso que se conocieran, que sus miradas se cruzaran...

Ella tuvo un día difícil. Otra vez había caído, otra vez las amenazas para internarla, otra vez se había fumado dos cajas de cigarros en un día y en su casa la esperaba mucho vodka y una tableta de benzodiacepinas de 25 mg.
Él había caído en la depresión de un día más. Todo sigue igual, nada interesante, los mismos amigos, las mismas propuestas. ¿No había nada más interesante? ¿La vida va a seguir siendo así?
Ella pasó delante de él. Él pasó torpemente delante de ella. Ella lanzó un suspiro, y él salió de su mundo un momento para observar lo que había delante de sus ojos.


A partir de ahí, ella era una pluma y él era el viento que la movía.

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