jueves, 18 de diciembre de 2014

El principio de todo.

Hay una chica enfrente mío. Hay una distancia, una fría distancia, pero lo suficiente para poder examinarla.

Es un mito que las mujeres no nos fijamos en otras. Al contrario, lo hacemos todo el tiempo, y nos comparamos, y mientras más perfecta la encontramos, más defectos queremos que sobresalgan, o más defectos decimos que tienen, o nos fijamos para encontrarle defectos. Obviamente todo porque nosotras queremos parecernos a ellas en ese aspecto que más criticamos.

Pero en este caso esta chica me llamó en particular la atención. No para buscarle defectos, sino para apreciarla.

Estaba sentada en la parada del bus de enfrente mío. Su mirada estaba fija en su iPod. Pasaba canciones al azar. Parecía no estar satisfecha con lo que escuchaba. Hasta que dejó de hacerlo, pero su mirada nunca se levantó. Se quedó jugando con sus dedos, hasta que se aburrió de eso. Parecía no estar satisfecha con nada en general.

No podía visualizar su rostro. Un mechón de pelo castaño le cubría la cara, y tenía una capucha negra tapando lo poco que se podía visualizar de la misma. No sabía si estaba llorando o qué le sucedía. Todos pasaban a su alrededor, y nadie parecía notarla. Era invisible para los demás ojos, menos para los míos. ¿Por qué la estaba observando? No lo sé. Simplemente me daban ganas de cruzar la calle y abrazarla. Parecía tan melancólica, tan triste, tan decepcionada de la vida misma. Quería hablarle, preguntarle qué le sucedía, intentar ayudarla, hacer algo por ella.

Mi bus llegó. Me paré, y pensé en cruzar la calle para ir en su búsqueda, pero ella se adelantó. Se paró, levantó su mirada y quedé paralizada ante su imagen.

Su rostro estaba pálido, ojeroso, cansado. Su cuerpo era débil, frágil, parecía que el viento se lo llevaría en cualquier momento, o que la sudadera que llevaba puesta pesaba todavía más que ella mojada. Sus ojos exigían ayuda. Estaban apagados, tristes, vidriosos. Estaban rotos. Toda ella estaba rota.

Pero no fue su figura cadavérica lo que me paralizó. Fue que esa persona, ese ser que estaba mirando durante minutos y que no encontraba el porqué lo hacía, era yo.

Era yo. Era mi rostro, en un cuerpo golpeado, descuidado y masacrado. Era mi tristeza, mi alma hecha un reflejo.

Sus ojos se clavaron en los míos y comenzó a levantar una sonrisa maliciosa que rellenó los huecos vacíos de sus mejillas. Un escalofríos recorió mi cuerpo.

Cruzó la calle. La gente no se daba cuenta de mi estado de pánico. Dios, también era invisible. Claro que era invisible. Las dos lo éramos. Las dos éramos una misma persona.

No me movía. Seguía paralizada. Se acercó lo suficiente como para susurrarme al oído:"Ya es tarde, Lucía. No lo quieras arreglar". Se paró delante del ómnibus, me sonrió con la sonrisa más dulce que tenía, que tengo, y vi como atropellaban esa figura que ni sombra hacía. Vi como acababan con mi alma, con lo que quedaba de ella, y como si no hubiera pasado nada, como si nadie hubiera hecho nada.

Comprendí en ese momento que ya no quedaba nada dentro mío, y que mi cuerpo tan sólo era algo mecánico. Habían asesinado lo único que llevaba dentro, y no hice nada para evitarlo.

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