martes, 20 de enero de 2015

Secuencia.

Una puerta espera abierta para hundirme nuevamente en las paredes blancas de mi dormitorio, y el intenso no color me centra más en el gris que ocupa mi cabeza. 
Me pongo los auriculares, miro al techo y continúo mi línea de pensamientos caóticos.
Estoy tan abatida, tanto física como mentalmente. Como si el tiempo me hubiera pasado por encima. Como si un huracán hubiera arrasado con todo lo que de mi queda. Estoy tan débil que tengo miedo de que una pequeña brisa se lleve los pedazos que me quedan, que me mantienen firme aún.
Todo se desmoronó de una manera tan repentina. Estoy perdida. Buscando algo que le dé sentido a vivir. Algo a qué aferrarme. Pero caigo en la realidad de que no hay nada ni nadie a quien le importe. Nada ni nadie que me tienda una mano cuando estoy a punto de caer al abismo; al abismo de esta soledad que me está consumiendo, al abismo de sentirme decepcionada una y otra vez de mi misma, y que cada día odiarme un poco más sea la meta, hasta el punto de detestarme y pensar lo mismo que todos, supongo:"¿Por qué sigo viva? ¿Para qué? No sirvo para nada. A nadie le importo. Y no, ni tus amigos te quieren. Sólo les agradas cuando haces chistes, cuando eres la Lucía buena onda, pero cuando te das a conocer te dicen que te calles, que aburres". Sólo soy un juguete más, pero los juguetes con el tiempo se desgastan, se rompen.
La frustración que conlleva golpe tras golpe de fracasos me hace tomar ideas equivocas, que tal parece son lo único que tengo.
Sólo sé que existo, estoy aquí, y un camino no es más que un camino. Es mi decisión seguir o estancarme. 
Tomo la decisión de seguir. Y seguir hasta el baño en busca de un vaso con agua, con una caja de ibuprofeno en la mano. Opté por seguir, sí, por elegir el camino más corto, el que me tirará al abismo más rápido. Al menos, quizás, tenga algún sueño que otro antes de tocar fondo.
Abro la canilla y espero que el vaso se llene. Veo mi reflejo en el espejo. Estoy tan arruinada. Cierro lo ojos. Odio mi imagen. El vaso está lleno. 
Nadie te mira, nadie está ahí. Tu madre te dijo que si no aprobabas las materias que te quedaban te iba a detestar por el resto de tu existencia. Tu familia te dio la espalda una vez más, tus amigos no se preocupan de que no los llamaras o que no supieran si vives o qué. El chico que te gusta... bah ¿qué se puede decir de él? Siempre te gustaron los difíciles. ¿Qué te queda entonces? 
Agarro un montón de pastillas. Hoy no quiero ver sangre correr por mis muñecas, así que lo hago derechito y rápido. 
Trago el montón de pastillas, tomo el agua y espero el desenlace. Quisiera desmayarme ya, vivir en la inconsciencia para siempre, entre pesadillas y sueños que no son, creados por la mente sin principios ni fin.

A veces sólo necesitas 20 segundos para cambiar tu destino.

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