viernes, 6 de diciembre de 2013

Todo bien. Todo mal.

Todo me da vueltas. Lo único que sostengo es una botella de tequila que mis amigos me alcanzaron después de beber un sorbo cada uno. "Todo va a estar bien" recuerdo que les dije cuando me miraron inquietos por lo que estaba comprando en el chino de la esquina de la vieja estación de tren.
Había salido del hospital hacía un mes. Los médicos y psicólogos entendieron mi interpretación de dolor como un intento de suicidio. Las lágrimas de mi madre me afectaron por un mes. El dolor me gana y lo lamento de verdad, pero no puedo hacer nada cuando encuentro maneras de sacarlo para afuera. Un día es una cortada, otro día es dejar de comer por completo, otro día es vomitar sangre después de que me tome 5 botellas de Whisky y 3 Vodkas. Dejé las pastillas porque me las escondieron por completo. Si me me siento "mal del estómago" o me duele la cabeza, me preparan un té.
Anduvimos por los rieles oxidados, nos subimos a un tren abandonado al que apenas lo tocabas ya se desarmaba todo. Noté que adelgacé porque me subí y ni ruido hizo.
Gonzalo me dijo:"¿Te has visto en el espejo? Estás hecha mierda". Me reí, y vi un pequeño trozo de vidrio. Lo escondí en uno de los bolsillos de mi campera, como un pequeño  tesoro, y les dije a mis acompañantes que iba a investigar sola más allá. Ellos se quedaron ahí, tirados, fumando un cigarro.
Fui hasta donde se supone que era un baño. Cerré la puerta de madera carcomida por las ratas y animalias que vienen junto con el abandono. Saqué el vidrio y con el reflejo que la Luna blanca y pura me daba pude visualizar un rostro cadavérico con el maquillaje corrido y unos ojos hundidos en una negrura que interpreté como ojeras. Gonzalo tenía razón. Estaba hecha mierda.
Me senté en una esquina, tomé un gran sorbo de tequila y me miré de nuevo. Comencé a tocar mi cara. Huesos y hoyos donde eran cachetes rellenitos. Seguí con el tequila, hasta que terminé con él. Gemí y lancé un pequeño grito por el ardor de mi garganta y luego me dispuse en el suelo para con el mismo vidrio con el que me miré cortarme las heridas que estaban cicatrizando. Estaba anestesiada por el alcohol porque no sentí ese alivio que me brindaba el liberar mi sangre, mi dolor, por las largas y finas cortaduras que mis brazos poseían.
No quise insistir. Sólo vi la sangre correr y comencé a llorar y a preguntarme el por qué de mi puta existencia.
Tocaron a la puerta, me sequé las lágrimas, solté el vidrio ensangrentado, intenté mejorar mi aspecto y abrí. José me preguntó:
-¿Todo bien?
-Genial.- y me fui con él, escondiendo mis muñecas, sin equilibrio y sabiendo que le mentí. Nunca las cosas volverán a estar bien.

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